Tania Libertad: Chiclayana soy

Tania Libertad: Chiclayana soy

La distancia no ha alejado a Tania Libertad de sus raíces. El orgullo de ser chiclayana lo lleva en las venas y lo comparte con el público que la sigue en México y en todo el mundo. A continuación nos cuenta qué significa para ella ser norteña.
© Foto: Cortesía Tania Libertad.

© Foto: Cortesía Tania Libertad.

Escribe: Minerva Mora (@minerva_mora)
¿Qué representa Chiclayo en su vida?
Es mi niñez, mi adolescencia, son los momentos maravillosos, como el cuento de Gabriel García Márquez, porque mi historia es muy singular. Vivía en el barrio de Suazo, mi padre era guardia civil y mi madre, enfermera. Vivíamos muy humildemente. Éramos ocho hermanos y yo era la única mujer. A pesar de las dificultades, nada me impidió tener una niñez que recuerdo con mucha alegría. Eran épocas en las que uno podía jugar libremente.
¿Qué es lo primero que recuerda al pensar en su tierra?
La comida. Creo que la más rica del mundo es la norteña. Sin lugar a dudas, extraño los ceviches de guitarra, las causas norteñas, el espesado, todo. Para mí, la comida es básica y la cocino en mi casa. También recuerdo con mucho cariño a mi escuela La Inmaculada.

Vida norteña

¿Cómo nace su pasión por la música?
Yo nací cantante. A mí nadie me enseñó a cantar. Mi padre era bohemio, mujeriego y se la pasaba dando serenatas con sus amigos policías. Incluso, mi primer grupo musical que me acompañaba a las radios estaba conformado por tres policías compañeros de mi papá. Cuando salía a cantar decía: en la primera guitarra, el cabo Fernandez; en la segunda guitarra, el guardia Vásquez, y así.
¿Cómo una niña de 7 años aprende tantas canciones?
A los 7 años ya tenía 400 boleros en mi repertorio. Lo que sucede es que mi mamá siempre me ponía de tarea aprender un bolero diario. Mientras trabajaba llamaba por teléfono a la radio y cada diez minutos pedía la misma canción, solo cambiaba el nombre y la voz. Entonces, yo apuntaba la letra y con las repeticiones me las aprendía.
Ganó el primer Festival de la Canción de Chiclayo.
En ese momento ya vivía en Lima. Convocaron a un grupo de jóvenes que estábamos en la capital y nos llevaron a Chiclayo en un avión del Ejército. Como los artistas somos muy juguetones, entre risas y carcajadas llegué sin voz. Canté horrible, todo el coliseo me pifió. Me pusieron cero.
¿Cómo, entonces, llega a ganar?
Había tomado la decisión de regresar a Lima porque tenía mucha vergüenza, pero al día siguiente uno de los organizadores me buscó y me dijo algo que nunca olvidaré: “Tanía, sabemos que no tienes nada que perder, así que te venimos a preguntar si te interesa cantar este tema porque la persona que la iba a cantar –que era Lucha Reyes– no ha podido venir”. Acepté y a las dos horas me aprendí la canción Tu voz de Juan Gonzalo Rose.
Tuvo una segunda oportunidad.
Sí. Mientras estaba en el camerino escuché que otro de los organizadores decía que las peores canciones entraban primero y que yo sería la primera. Salí a cantar entre lágrimas por lo que había escuchado. Lo canté con tanto dolor que a la mitad de la canción todo el público estaba de pie aplaudiendo. Gané el festival.
Tuvo la oportunidad de llevarle personalmente el premio a Juan Gonzalo Rose, ¿qué le dijo?
No hubo palabras, solo un abrazo. A partir de ese momento nació una gran amistad. Él me llevó a recorrer caminos inesperados, a las grandes bohemias con los intelectuales, los pintores y escultores. En esa época Chabuca Granda decidió realizar el Taller de la Canción Popular junto con César Calvo. Llamaron también a Manuel Scorza, Winston Orrillo, Jorge Madueño, Lucho Gonzales y Arturo Corcuera. La primera cantante que se integró a ese grupo fui yo. Fue una escuela maravillosa.
© Foto: Cortesía Tania Libertad.

© Foto: Cortesía Tania Libertad.

De regreso a casa

En los últimos cinco años ha vuelto un par de veces a Chiclayo, ¿qué fue lo primero que hizo al volver?
Pedí chicha de jora. He tratado de hacer unos menjunjes para obtener un sabor similar y usarlo como ingrediente cuando cocine, porque hay platos como el cabrito que se preparan con chicha de jora. Por eso, lo primero que hago cuando llego es ir a un restaurante a tomar mi chicha de jora y comer chinguirito chirimpico.
También le cantó al Señor de Sipán.
Nunca imaginé que iba a regresar así. Desde el año 1975 no iba a Chiclayo. Fue un concierto lleno de magia, de mucha calidez. Como todo norteño, somos personas muy cariñosas que manifestamos nuestras emociones.
Es embajadora de la música peruana.
Solita me he nombrado. Eso no te lo tienen que dar. Lo haces porque quieres o simplemente no lo haces. Mi infancia, mi adolescencia, mi juventud y parte de mi vida adulta la he vivido en el Perú. Ni el acento se me ha quitado. Llevo 35 años viviendo en México y no he perdido el acento peruano. El amor por tu tierra no te lo quita nadie.
En una de las estrofas de la canción Señor de Sipán dice “Lambayeque abre sus brazos al mundo”. ¿Cuánto hemos abierto los brazos?
Aún nos falta trabajar más. La calidez de la gente es maravillosa, pero hace falta presupuesto para fomentar el turismo. Mis amigos mexicanos que van al Perú visitan Machu Picchu, las líneas de Nasca o el lago Titicaca. Siempre les digo que vayan a mi tierra aunque sea a comer y a visitar el Museo Tumbas Reales de Sipán. Vale la pena visitar Chiclayo y todo el departamento de Lambayeque.
¿Es una chiclayana a mucha honra?
Siempre. Me gusta buscar las cosas que me traen lindos recuerdos porque esa es la imagen que quiero seguir teniendo de mi tierra, la imagen amable, agradable, eso es lo que quiero conservar. Así somos los chiclayanos, gente muy amable, de tierra generosa. ¡Que viva Chiclayo!
Chiclayo celebra su aniversario, ¿qué mensaje les deja a sus paisanos?
Me hubiera encantado estar presente. Deseo que sea una celebración magnífica, siéntanse orgullosos de pertenecer a una tierra bendecida como Lambayeque, en especial Chiclayo. Su paisana les manda un abrazo y aunque está lejos no se olvida de ustedes.
© Foto: Cortesía Tania Libertad.

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