Aníbal López, el timbalero del Perú

Aníbal López, el timbalero del Perú

La dedicación para mejorar siempre fue su marca. Aníbal López, el niño que golpeaba las ollas de mamá, logró hacer una carrera pulcra. Su talento lo llevó al éxito con su orquesta La Única, con la que acompañó a grandes soneros de la salsa.
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Pedro Knight, Celiz Cruz y Aníbal López / © Foto Cortesía: Aníbal López y La Única.

Escribe: Enzo Ccana (@enzoccanap)
Cuentan que cuando Celia Cruz tenía un concierto en Sudamérica, el teléfono de Aníbal sonaba inmediatamente: “Chico, tengo un show y quiero que vengas conmigo”, le decía desde New Jersey. Aunque Aníbal López es uno de los mejores timbaleros que ha dado el Perú, hoy su obra pasa inadvertida.  

El cubanito

En la 1055 del jirón Cusco, en Barrios Altos, las ollas de mamá Reneé siempre estuvieron listas para encender el paladar de la familia López Ríos y, como siempre, para ser convertidas en un juego de tarolas y platillos. Horas y horas sonando: un redoble, un repiqueteo, un tres cuartos y un tres octavos que sin tener idea aún, Aníbal tocaba con gran estruendo cada vez que golpeaba el metal.
Por aquellos años, lo único que sabía con certeza era que su destino se limitaba a unas cuantas premisas: ser músico, timbalero, director de orquesta, el mejor artista que podía ser. Sabía también que el camino para lograr reconocimiento no sería fácil. Tenía que prepararse, estudiar, practicar y, sobre todo, disfrutar del sonido que brotaba al agitar sus manos.
La música y las luces nocturnas le fueron heredadas de una madre vedete en shows revisteriles y un padre cantante en la orquesta Cubanacán. El surgimiento artístico de Aníbal era inminente. Aunque su padre, Emilio López, más conocido como Tony de Cuba, tomaba con reticencia la dedicación musical de su hijo, no pudo contener el derroche de talento que El Cubanito demostraba con cada golpe a las ollas de mamá.
Ya en su adolescencia, en los 60, el timbalero de Los Cumbancheros –orquesta que Tony de Cuba formó en Lima junto a otros músicos cubanos y peruanos– le daba clases en secreto. Así aprendió a dominar a su primer amor, el que lo llevó a los grandes escenarios y del que nunca pudo desprenderse, incluso después de muerto.
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Aníbal López junto a su abuela materna / © Foto Cortesía: Aníbal López y La Única

Emperador del Timbal

Era 1987 y un grupo de personas llegó al Latin Brothers de Lince para tomarse unas cervezas y escuchar al hombre que golpea los timbales con la sutileza de un ser endemoniado. Junto con su orquesta La Única ya había recorrido los más grandes escenarios acompañado a soneros de la talla de Roberto Torres, Cheo Feliciano, Héctor Lavoe, Ismael Miranda y Celia Cruz. 
Entre ese grupo estaba un señor, de esos que sacan el pecho con elegancia, de cabellera blanca y una barriga que con los años sobresale más y más. Se acomodó para mirar el espectáculo al lado de una señora que al reconocerlo le extendió un saludo. Tito Puente, aquel maestro que llevó el timbal a lo más alto con la Fania All Stars, miraba atento a Aníbal cuando interpretaba un solo de percusión.
Al terminar la canción, todo el salsódromo sabía quién estaba en las mesas observando el show. El encuentro no se hizo esperar, el Rey del Timbal aceptó la invitación de la orquesta local, tomó las baquetas y con unos movimientos hizo aplaudir a los asistentes, quienes borrachos de música, disfrutaban frenéticamente. Era el turno del peruano, a quien el público apodó como el Emperador del Timbal.
Aníbal demostró lo que sabía, mientras un ademán extraño se formaba en el rostro de Tito. “Caray, si me descuido este peruanito me destrona”, soltó en la mesa donde la señora que lo recibió respondía asentando. “Por mí yo le regalo mis timbales”, espetó otra vez, a lo que la mujer respondió: “¿En serio, maestro? Le tomo la palabra. Soy la madre de Aníbal”. 
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Héctor Lavoe y Aníbal López / © Foto Cortesía: Aníbal López y La Única

La Única

Un golpe en el tambor empezó a sonar distinto que en los ensayos. Los Cumbancheros voltearon a ver qué ocurría y se dieron con la sorpresa de que había un flaco de 16 años que tocaba con precisión los ritmos que ponían a bailar hasta al más recatado. Desde ese momento no paró. Estudió percusión en el Conservatorio Nacional de Música mientras alternaba en la orquesta de su padre y en otra agrupación de su natal Chimbote.
Con 24 años, Aníbal López, siempre en salsa, ya buscaba a los miembros de su grupo. Procuraba encontrar al mejor instrumentista para cada puesto. La orquesta, aún sin nombre, ya había reunido a músicos como Ángel Quinto Benítez en la trompeta, Lucho Cueto en el piano, Máximo Pecho en el Bajo, Nicasio Macario en el bongó y en las voces a Raúl Popeye Villarán, Raúl Serrano, Alfredo Lazo y Armando Barrunto Rodríguez.
La agrupación chiveaba (trabajo musical pagado) en donde la contrataran hasta que Eitel Silva, un conocedor del género, en una conversación con Aníbal le confesó que de todas las orquestas que había escuchado, la suya era la única que tocaba buena salsa. López respondió como preguntando: “¿La única?”. La orquesta ya tenía nombre y empezaba a ser conocida por su calidad interpretativa y su sello distintivo: la originalidad para crear sus temas.
El primer hit del grupo fue Pancho Malandro en 1982. El tema fue compuesto por el cuñado de Aníbal y participaron, en la estructuración de los versos, Tony de Cuba y Lizardo López, el hermano menor. La canción fue un éxito y dos años después grabaron su primer vinilo titulado El emperador de timbal que sonó de manera incansable en las radios locales.
En 1987 grabaron el segundo vinilo Y ahora…dictando cátedra, que ya asentaba el nombre de Aníbal como un director de respeto y prestigio. La Única era reconocida tanto en el Perú como en el extranjero. Los grandes salseros que llegaban al país sabían que esa orquesta era la mejor del Perú.   

Aníbal López, el único

El Emperador, antes de tener abarrotada su agenda por los shows, solía practicar diez horas diarias para perfeccionar su técnica. Lucho Delgado Aparicio, más conocido como Saravá, declaró que el golpe de timbal de Aníbal no lo tenía nadie. Era un músico preciso que incluso a un tiempo acelerado no se descuadraba. El secreto no estaba en la mano como todos pensaban, sino en la muñeca.
Ese amor al instrumento, esa dedicación diaria para lograr la perfección y ser reconocido por su música, a diferencia de lo que sucede hoy en la salsa, lo fue consumiendo poco a poco. Desde la adolescencia descuidó sus horarios de alimentación. Poco a poco, este desorden desencadenó en una hemorragia intestinal que lo llevó a la muerte.   
Su último concierto, en el que acompañó a Junior González y Ray Sepúlveda, se trabajó al milímetro, a pesar de que las partituras se las entregaron a pocos días de la presentación. Tras el espectáculo se se debilitó sobremanera y fue llevado al hospital. Entró en coma y, finalmente, su vida terminó a los 55 años. Hasta sus últimos días, Aníbal vivió la música como él solo sabía hacerlo: con una pasión enraizada.
Había partido el director preferido de Celia Cruz. A su velorio llegaron todos los que compartieron un momento de su genialidad. Lo llamaban el mejor, no solo de la salsa. Aníbal trascendió en diversos géneros musicales al colaborar con Eva Ayllón e Iván Cruz. Hoy, su ausencia es un vacío que no ha podido ser llenado. 

 Foto de portada: Asociación Cultural Enclave.