Dioses y misterios de Alto Piura

Dioses y misterios de Alto Piura

A dos horas de la ciudad de Piura, en el centro poblado de Naranjo de Guayaquil, en el distrito de Frías, provincia de Ayabaca, el descubrimiento de petroglifos que aún no han sido investigados ha cambiado el espíritu de sus 120 pobladores. Ellos han instaurado tres rutas que anuncian la esperanza de un mejor futuro, de la mano con el turismo.
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© Foto: Artífice Comunicadores/Jesús Raymundo.

Escribe: Jesús Raymundo (@jesus_raymundo en Twitter) –
Las huellas que conservan las rocas del bosque seco de Alto Piura son tan profundas como la fe de sus habitantes. Nada ha sido capaz de borrarlas: ni la vegetación espesa que siempre avanza ni los contrastes de lluvias y sol intensos. Allí permanecen, sin temor a desaparecer, quién sabe desde hace cuánto tiempo. Ahora que ya empiezan a conocerse, han despertado la ilusión de que podrían descifrar enigmas del pasado.
En el centro poblado Naranjo de Guayaquil, ubicado en el distrito de Frías, en la provincia piurana de Ayabaca, los petroglifos descubiertos hace un par de años son un tesoro que han empezado a valorar las 28 familias que allí habitan. Confían en que las tres rutas que han diseñado para llegar a cada uno de ellos se convertirán en sendas que les traerá progreso con el impulso del turismo, actividad aún desconocida en la zona.
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© Foto: Artífice Comunicadores/Jesús Raymundo.

Caminos de historia

En Alto Piura, el sol no perdona: castiga sin remordimientos. A 1.000 metros sobre el nivel del mar, la temperatura promedio de 34 °C seca de un golpe las palabras, tuesta con furia la piel y agota rápidamente las energías. El cuerpo se rinde sobre todo al mediodía, pero resucita al atardecer, cuando el viento fresco acaricia, por ejemplo, la frente sudorosa. Se reanima también con un sorbo de agua, a cualquier hora, en cualquier paso.
En el bosque seco, el sol se apacigua. Los árboles, desde los que miden más de veinte metros de altura hasta aquellos que muestran sus ramas frondosas, son como parasoles que la naturaleza obsequia a los caminantes. Aunque el verdor solo pinta la vida de algunos de ellos, la vida que se respira en todas partes es del color de la tierra. Las semillas secas, por ejemplo, alimentan a las cabras que recorren libremente el lugar.
Las únicas voces en la ruta son nuestros latidos. La exhalación inevitable es un susurro áspero. Es que los caminitos son pruebas a la perseverancia para quienes pocas veces recorremos las entrañas de los bosques. Sus ascensos cortos, pero intensos, pueden desanimar a quienes no buscan la aventura. Y sus descensos zigzagueantes obligan a conocer el terreno y pisar con firmeza. Sin embargo, vale la pena vivir la experiencia.
Así llegamos a descubrir al Dios de la Fertilidad, petroglifo que observado desde lo alto de un cerro se asemeja a un lunar gris sobre una enorme roca tendida sobre el suelo, rodeado de abundante vegetación. Sobre la superficie lisa, nuestros guías reposan luego de la caminata. Creen que allí las parejas practicaban rituales para tener hijos sanos y fuertes. Cuentan que en el hoyo ubicado al pie de la figura se vertía la sangre que luego discurría por canalitos zigzagueantes.
Al lado izquierdo se aprecia, en la zona gris, el perfil de un hombre con el miembro viril erecto. Frente a la boca se ha cincelado su alimento. Al centro, en color beige, se observa a una mujer embarazada con prominente barriga, en posición sentada y con los brazos cruzados. Al costado derecho, en el área gris, aparece un niño también con el pene erecto. En la parte superior se observa al sol, que indica por dónde aparece el astro cada mañana.
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© Foto: Artífice Comunicadores/Jesús Raymundo.

Más tesoros

El cerro Chapica es un refugio de vestigios. Allí habitan, por ejemplo, los dioses mitológicos, esculpidos en dos rocas rectangulares de 8 metros que permanecen inclinadas. La primera muestra la figura de un hombre que en las manos tiene dos objetos que podrían representar al San Pedro, planta alucinógena que usan los curanderos norteños. La segunda exhibe a un águila, en pleno vuelo, que coge a una serpiente. Según el arqueólogo Mario Salazar Juárez, ambos eran considerados dioses por los antiguos pobladores.
Allí se ubica también un mirador de rocas verticales, reunidas por manos ancestrales, que permite ver la quietud de los cerros cubiertos por bosques secos. Al pie de una de ellas se ha esculpido a una serpiente que se eleva al infinito. En las demás se observan rostros con rasgos que tendrían alguna relación con la cultura Chavín, ya que los ojos y bocas se asemejan a las cabezas clavas. Una de las figuras, con brazos extendidos, podría ser un soldado que protegía la zona.
En el camino encontramos más petroglifos que los lugareños han bautizado como el Centro Vial Astronómico. En cuatro rocas se han perforado hoyos que en otros tiempos permitían ver los astros, una vez que eran llenados con agua, sobre todo cuando se presentaban eclipses de sol o de luna. Se observan rostros trabajados sobre las piedras, así como figuras geométricas que evocan animales y personas.
El profesor Necemio Peña Rojas, presidente del Comité Distrital de Turismo de Frías y del Comité de Conservación del Bosque de Naranjo de Guayaquil, es uno de los que ha trabajado en el descubrimiento de estos petroglifos, tras ser alertado por los padres de familia. Desde el 2005, él dirige la institución educativa unidocente del caserío, que alberga a 17 niños que estudian del primer al sexto grado.
“Cuando la población se enteró de este descubrimiento, se puso contenta. Esto ha repercutido en nuestro desarrollo, porque antes no teníamos carretera, electrificación ni agua potable”, nos comenta. El entusiasmo se refleja en el pequeño museo que han instalado en una de las aulas. Allí exhiben las piezas líticas y de cerámica que han encontrado en la zona, así como trabajos que los niños han elaborado en un taller dirigido por el maestro Gerásimo Sosa.
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© Foto: Artífice Comunicadores/Jesús Raymundo.

Con más proyectos

Los pobladores de Naranjo de Guayaquil ya trabajan en la mejora del acceso a los petroglifos que, en promedio, demanda media hora de caminata para llegar a cada uno. Flavio Sosa Maza, maestro ceramista y profesor de Chulucanas que trabaja el turismo cultural, confía en que este año cambiará el panorama. “Estará mejor. Así, más personas podrán conocer los tesoros de Naranjo de Guayaquil, que el Ministerio de Cultura declaró Patrimonio Cultural de la Nación”.
El año pasado, el caserío ha recibido la visita de estudiantes de instituciones educativas de primaria y secundaria, así como de institutos superiores y universidades de Piura. Motivados por el entusiasmo de las familias, los futuros profesionales de Turismo y Hotelería han compartido sus experiencias y conocimientos a través de charlas. Con ellos realizarán obras de señalización de las rutas y sistematizarán la información.
El descubrimiento de estos petroglifos ha cambiado el ánimo de las 120 personas que habitan el centro poblado. Los ha unido mucho más. Al mismo tiempo, ha despertado el compromiso de las autoridades locales. Esperan que el caserío se transforme y que pronto salga del anonimato. Sueñan con recibir a más visitantes que hablen de su pasado cincelado en las rocas, que compartan sus expresiones culturales y que les permitan enrumbar su futuro.
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© Foto: Artífice Comunicadores/Jesús Raymundo.