Gregorio Cachi Palomino: Obra de barro, fuego y plata

Gregorio Cachi Palomino: Obra de barro, fuego y plata

El distrito cusqueño de San Pablo, en la provincia de Canchis, es reconocido como tierra de notables plateros. Allí nació Gregorio Cachi Palomino, amauta de la artesanía peruana, y allí descubrió por qué a los sanpablinos les dicen que son capaces de hacer cualquier cosa. Su talento y creatividad es una prueba de ello.
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© Jesús Raymundo / Artífice Comunicadores
Escribe: Jesús Raymundo (@jesus_raymundo en Twitter) –
Empezó a descubrir la vida cuando vio por primera vez a los plateros de su natal San Pablo, pueblo enclavado en el valle del río Vilcanota. Ellos mezclaban el barro que extraían de las entrañas naturales con el agua que recogían de los manantiales. No ha olvidado cómo trabajaban los moldes y crisoles que acogían el metal que era derretido por el fuego que superaba los 960 °C y era alimentado por estiércol, pancas, corontas y leñas.
Gregorio Cachi Palomino, el amauta de la artesanía peruana, no solo quedó cautivado con la platería que florecía en su pueblo ubicado a 120 kilómetros de la ciudad de Cusco, sino también con la carpintería de puertas, muebles y juguetes. Descubrió, además, la imaginería trabajada con yeso, como el Niño Manuelito que muchos creen es del barrio de San Blas. Y supo que San Pablo es tierra de músicos, el alma de las fiestas patronales.
Con tanta efervescencia creativa, pudo ser artista de cualquiera de las especialidades y ratificar la idea generalizada de que los sanpablinos son capaces de hacer cualquier cosa. Sin embargo, optó por personificar al collque camayoc, personaje que en tiempos de los incas se encargaba de confeccionar las piezas de platas que gozaban de gran demanda.  Como ayer, se siguen usando instrumentos sencillos y técnicas que nacen de la creatividad.

Saberes andinos

En su casa construida en la ciudad de Cusco, a donde arribó en 1952, ha diseñado su taller de platería con todos los recuerdos de su entrañable San Pablo. Después de ingresar a su amplia sala, en donde se evidencia su fe a través de imágenes religiosas, llegamos a su refugio de creación. Allí, coge un pequeño cincel y un martillo, se sienta frente a una lámina de plata que descansa sobre un tronco cubierto con brea y empieza a diseñar.
“Es un trabajo que empecé el año pasado”, me dice orgulloso. En cada golpe menudo perenniza un detalle, un mensaje y toda su pasión. Son imágenes que se cincelan como lo hace el pintor con los pinceles, latido tras latido. La técnica no es nueva, sino data de tiempos precolombinos. Como antes, se siguen usando innumerables cinceles sin filo que el artesano confecciona según sus necesidades.
El maestro Gregorio acaba de regresar de su tierra, San Pablo, en la provincia cusqueña de Canchis. “Ha ido a ver su terreno. Nunca se olvida”, me dice su hija Hilda Cachi, quien es una de sus siete discípulas. Y él, a pesar de sus 79 años, trabaja con la vitalidad de sus inicios. “Le voy a enseñar cómo trabajo, señor”, me dice. Es el turno del fuego, ese maravilloso descubrimiento que el hombre domesticó para cambiar su destino.
En la fragua construida con adobes, ayudado por un fuelle que aumenta el calor, el platero controla la calidad y cantidad de combustible que alimenta el fuego. El crisol y los moldes tienen dos partes: en la cabeza se coloca el metal y sobre las piedras están los moldes que recibirán el metal. La fundición y el vaciado es el momento que más cuidado tiene un artesano porque le permite controlar el calor. Fundir es un proceso de mucha fe.
Mientras el fuego, el barro y la plata se integran en una etapa de comunión, el maestro Gregorio aprovecha el tiempo para explicarme cómo prepara sus moldes. De una bolsa retira un poco de arcilla y trabaja con la facilidad con que lo niños manipulan la plastilina. Sobre una lámina coloca el molde y luego lo cubre con otra. Une los extremos y delinea la figura usando una tijera. El sol se encargará de dejarlo listo para ser usado.
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© Jesús Raymundo / Artífice Comunicadores

Días de aprendizaje

Aunque los plateros cusqueños han innovado el proceso, con lo cual reducen el tiempo de trabajo, don Gregorio prefiere seguir el camino tradicional. “No quiero que se pierda la técnica que se usaba en mi tierra, como son el vaciado, el modelado, el burilado y el cincelado en alto y bajo relieves. Ahora pocos lo hacemos así”, me dice. A su lado, su hija Hilda confiesa que ha sido difícil hacerle cambiar de actitud.
Todo comenzó cuando a los 8 años se matriculó en la Escuela Prevocacional 795 de su distrito, en la que se impartían agropecuaria, carpintería y platería. Algunos años después afianzó su vocación con el profesor Felipe Ascue, quien al ver sus cualidades lo acogió en su taller de Sicuani. Allí logró perfeccionar su estilo y a valorar más las tradiciones. Para entonces ya seleccionaba la arcilla en las canteras y preparaba el barro para los moldes.
En la ciudad de Cusco empezó una nueva etapa de su carrera artística, tras lograr la madurez en San Pablo y Sicuani. Para entonces ya dominaba una serie de técnicas como fundición, repujado, cincelado, martillado, laminado, forjado y filigrana. Además, era un experimentado herrero: creaba y elaboraba sus herramientas manuales como cinceles y martillos.
Sus trabajos con de gran valor artístico y cultural. Ha restaurado el anda del Señor de los Temblores, Patrón Jurado del Cusco, así como las piezas religiosas de la Catedral y de los templos más importantes de la ciudad. Sus manos también han creado coronas, aureolas, báculos, demandas y joyas para las imágenes sagradas de las iglesias de Santa Catalina, San Sebastián, San Jerónimo, Santa Ana y Almudena.
Después llegaron los premios. En 1999 recibió el grado de Gran Maestro de la Artesanía Peruana y en el 2000 fue distinguido como Amauta de la Artesanía Peruana. En su casa exhibe, además, certificados y constancias que testimonian el nivel que ha logrado gracias a su inagotable creatividad y entrega a la platería peruana. Sus obras han recorrido diversos países a través de exposiciones que han recibido buena crítica.
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Gracias a la vida

Su mayor orgullo es haber clausurado, en el 2001, el Primer Encuentro de Plateros Hispanoamericanos en su tierra. Recuerda que los alumnos de los colegios Simón Bolívar e Inca Pachacútec desfilaron con las banderas de todos los países participantes. “Fue un momento muy bonito e inolvidable. Todos bailaron y cantaron en la plaza. Como era el Día de Todos los Santos, muchos que iban a los cementerios se sorprendieron al verlos”.
“¿Qué le decían sus padres cuando lo vieron surgir como platero?”, le pregunto. “Ellos eran agricultores. Mi mamá era también artesana en tejidos. Ella me decía que jamás había pensado que un día aprendería la platería”. Cuenta que el día que volvió a su pueblo, su maestro ya había fallecido, pero su esposa aún vivía y se puso a llorar. “Ellos me trataban de hijo. A pesar de que eran artistas ninguno de sus hijos le siguieron los pasos”.
Asegura que sus diseños nacen de temas cotidianos o de lo que nadie evidencia. “Veo cualquier sitio y pienso en qué podría trabajar. Disminuyo algunos tamaños o los aumento según mi criterio. Mis modelos nunca pasan de moda y son piezas únicas”. Su obra monumental es mostrar la fiesta del Corpus Christi, con sus 14 santos y vírgenes que en junio llegan a la ciudad desde diversas localidades.
Aunque en San Pablo se les negaba a las mujeres la oportunidad de trabajar en la platería y muchos ridiculizaban a quienes lo intentaban, Gregorio Cachi Palomino ha acabado con la tradición. Sus siete hijas han heredado su talento y sus secretos amasados con el tiempo. “Es una alegría que ellas se hayan animado a seguir mi especialidad. No me quejo, sino me siento muy feliz porque sé que la platería nunca morirá”.