© Archivo Caretas

Ritmos negros peruanos en el siglo XX

Cuando las tradiciones musicales africanas solo eran conservadas por algunas familias en sus hogares o comunidades, a mediados del siglo pasado surgió un movimiento que recreó la música, la danza y la poesía olvidadas. La reivindicación comenzó con la compañía Pancho Fierro, continuó con los hermanos Victoria y Nicomedes Santa Cruz y se consolidó con Perú Negro.
Miembros de la compañía Pancho Fierro, creado en 1956 por José “Pepe” Durand Flores.
© Archivo Caretas
Escribe: Jesús Raymundo (@jesus_raymundo en Twitter) –
De las jaranas limeñas de antaño  solo queda la resaca de la algarabía. Quienes las vivieron en intensas jornadas entregadas a la música, el canto y el baile confirman que hoy sería imposible reeditar la celebración popular que duraba entre cuatro y ocho días con sus respectivas noches. Era común tirar la llave de la casa al fondo de un barril de aguardiente para asegurar que todos participaran en la despedida oficial.
Susana Baca, Francisco Basili y Ricardo Pereira señalan, en la obra Del fuego y del agua, que la jarana era el encuentro festivo que definía la diversión en Lima. “Era una reunión organizada con cualquier pretexto que sea suficiente para que un dueño de casa y sus allegados ofrezcan viandas y bebidas a un grupo de invitados”. Solían celebrarse en callejones como el Del Buque, ubicado en La Victoria.
En las jaranas de mediados del siglo pasado convivían armoniosamente la guitarra y el cajón, dos instrumentos que simbolizan las herencias europea y africana. La música criolla hermanaba a blancos y negros limeños, además de algunos mestizos y descendientes de asiáticos. Los músicos negros que surgieron de los callejones no solo eran considerados los más famosos del criollismo, sino también contribuyeron al género.

Presencia de las compañías

A diferencia de lo que ocurrió en el siglo XIX, en que las tradiciones negras eran rechazadas, los criollos blancos reivindicaron sus aportes. El panorama se afianzó con la presencia de los migrantes negros que llegaron a la capital, provenientes de diversas zonas rurales de la costa. El cambio de actitud de los citadinos obedeció también a la “amenaza” de la cultura andina que empezaba a evidenciarse con la migración masiva.
En la década de 1950, un criollo blanco que se apasionaba por el pasado llevó la música negra peruana de las jaranas a los teatros limeños. José “Pepe” Durand Flórez montó un espectáculo para representarlos con su compañía Pancho Fierro, que se entrenó en 1956 en el Teatro Municipal. Ella marcó el inicio de toda la música negra peruana en el siglo XX y renovó el interés de los criollos por las tradiciones que no eran suyas.
Los 35 integrantes fueron seleccionados de las familias que mantenían la esencia de la música y el baile de las zonas rurales de la costa norte y sur. Uno de sus principales consultores fue Carlos Porfirio Vásquez Aparicio, quien también enseñaba baile negro en la primera academia de folclor que funcionaba en Lima en la década de 1940. Después se encargó de compartir las tradiciones a las familias de otros estratos sociales.
Uno de los géneros más exitosos y antiguos que revivió la compañía fue el son de los diablos, un baile que se representaba en carnavales. Era acompañada por guitarras, cajita y quijadas. Heidi Carolyn Feldman, autora de Ritmos negros del Perú, asegura que para recrear la danza Durand recurrió a las acuarelas de Pancho Fierro. “Además, agregó dos elementos que las imágenes silencian: la música y la coreografía”.
En las décadas de 1960 y 1970, Victoria y Nicomedes Santa Cruz aportaron al renacimiento de las expresiones artísticas negras. “Bajo la dirección de los hermanos Santa Cruz, las producciones teatrales reconectaron a los peruanos negros con un pasado africano que antecedió a la época colonial, nostálgicamente revivido por el espectáculo de la compañía Pancho Fierro”, agrega Feldman.
Después de pertenecen a la compañía Pancho Fierro, Nicomedes lanzó en 1957 su grupo de teatro Cumanana, en el que también acogió  a otros exintegrantes. Dos años después se unió Victoria, quien se encargó de la coreografía, composiciones musicales y la dirección teatral. Gracias a la investigación, ambos revivieron juegos musicales y recrearon canciones y bailes olvidados.
Nicomedes Santa Cruz aportó al renacimiento de las expresiones artísticas negras.
© Colección Teresa Mendoza Hernández.

Música afroperuana

El aporte de Perú Negro a la música y el baile afroperuanos es único. No solo es la compañía con más años en los escenarios, sino también el más prestigioso. Todo empezó cuando en 1969 cuatro exintegrantes de la compañía Teatro y Danzas Negras el Perú, de Victoria Santa Cruz, formaron su grupo de música y baile liderado por el cajonero Ronaldo Campos. A los pocos meses triunfó en el Festival Iberoamericano de la Danza y la Canción en Argentina.
Después de que el cajón y otros instrumentos de percusión diferenciaron la acústica entre las músicas afroperuana y criolla, en las décadas de 1950 y 1960, no hubo mayor avance en los arreglos. Sin embargo, a inicios de la década de 1970 Perú Negro logró un estilo a partir del legado de la compañía Pancho Fierro y de los Santa Cruz. Sin olvidar el sonido de la música criolla, ofrecía el juego de ritmos a partir de los tambores, cuyo número aumentó, y le dio un papel moderado a los instrumentos de percusión latina.
En cuanto al baile afroperuano, en la década de 1970 propuso las coreografías escenificadas, que fueron imitadas por el resto de agrupaciones. Dos ejemplos de su repertorio artístico son el baile de las lavanderas, a ritmo de la canción Samba malató, y el canto a Elegua. El primero se inspira en el trabajo de las negras que se dedicaban al lavado de ropa. El segundo evoca los cantos que se utilizaban en la santería afrocubana y otras religiones africanas.
Otro de las contribuciones de Perú Negro es la estilización de géneros folclóricos, como el festejo y el landó. Susana Baca señala que el primero es el género más representativo entre las canto-danzas afroperuanas y el segundo es uno de los más influenciados por los estilos africanos, que antes era conocido como zamba-landó. El landó es también conocido como la madre de todos los ritmos negros peruanos.
Raúl Renato Romero, coautor de La música en el Perú, afirma que los géneros que se asocian a los grupos étnicos negros como el alcatraz, el panalivio, el ingá, el toromata, el agua’e nieve y otros más desaparecieron a fines del siglo XIX y comienzos del XX. “Hoy, no es posible encontrar manifestaciones como las nombradas en los pueblos costeños de mayor densidad poblacional negra, aunque sí a ancianos que recuerdan vagamente algunas supervivencias de su juventud”.
En este contexto, el aporte de las compañías afroperuanas es la recuperación creativa de antiguas formas musicales apelando a sus criterios y la incorporación de elementos africanos que llegaron a Lima a través de las giras de los ballets folclóricos de otros países. El proceso continúa. En las fiestas tradicionales, por ejemplo, la música y la danza se convierten en expresiones populares que se enriquecen con nuevos aportes.
El aporte de la agrupación Perú Negro a la música y al baile afroperuanos es único.
© Colección Perú Negro.