Recuerdos del padre del huaylarsh

Recuerdos del padre del huaylarsh

Aunque nos dejó en noviembre del 2008, a los 88 años, los huaylarsh, huaynos y mulizas del compositor y músico huancaíno Zenobio Dagha Sapaico son eternos. Son verdaderos himnos de los pueblos del Valle del Mantaro.
El músico y compositor Zenobio Dagha ha registrado 686 composiciones en la Apdayc.
© Jesús Raymundo / Artífice Comunicadores
Escribe: Jesús Raymundo (@jesus_raymundo en Twitter) –
En sus últimos días, la desilusión golpeaba sin compasión su vitalidad, como si se tratara de una enfermedad que desdibuja la esperanza. Cansado por las promesas incumplidas, el notable músico y compositor Zenobio Dagha Sapaico desconfiaba de quienes le ofrecían endulzarle la vida, porque se encargaban de todo lo contrario.

Promesas incumplidas

Hace más de cinco años, sentados sobre dos pellejos de carnero, celebrábamos en su casa de Chupuro la iniciativa del alcalde del distrito huancaíno. Me contó que en una reunión social le había expresado su decisión de convertir su morada de barro y madera en un museo incomparable. Imaginábamos que el murmullo de los visitantes y la música vernácula de una orquesta típica llenarían a diario el patio dominado por el silencio.
“Él va a traer a un arquitecto para que prepare un museo en mi casa, por eso no quiere que arregle nada, ni siquiera el techo. No quiere que me entierren en el panteón, sino que mi lápida se encuentre en esta tierra. A mí me parece magnífico. Espero también que a mi esposa, ya fallecida, también la traigan a mi lado”.
Emocionado, el creador que ha registrado 686 composiciones en la Asociación Peruana de Autores y Compositores (Apdayc), soñaba el día en que, sentado en el mismo pellejo, recibiría a sus amigos y los turistas. “Así me verían en vivo y en directo. A los visitantes les diría ‘pasen todos, tomemos, bailemos’. El tiempo pasa y no seré el mismo a los 90 o 100 años”.
Los primeros días de setiembre del 2008, en un homenaje que el Gobierno Regional de Junín le ofreció en Huancayo, lo encontré agobiado por la enfermedad. A pesar de su salud deteriorada, el intenso frío de la noche y la tardía comunicación de los organizadores, prefirió asistir a la ceremonia porque nunca le ha gustado quedar mal con el público.
Cuando le pregunté sobre la casa museo, que fue su último sueño, me confesó su gran desilusión. “Lo de la casa museo es una falsa promesa. Realmente, ya no confío en nadie, porque no veo el trabajo. Pasarán los años, terminará el período del alcalde, entrará otro, y qué le importará el tema. A la fecha no hay avances en lo absoluto”.

Huellas que se borran

Al prolífico compositor huancaíno nunca le cumplieron el sueño de construir un museo en su casa. A diferencia de quienes dibujaban solo promesas, el violinista se ha entregado hasta sus últimos días para alcanzar sus anhelos artísticos. No obstante, la muerte ha truncado su proyecto de presentar su disco con temas inéditos que grababa acompañado por un grupo musical.
En el último encuentro que sostuvimos, dos meses antes de su fallecimiento, en una grabadora escuchamos a lo lejos algunos de sus más celebrados huaylarsh, huaynos y mulizas. Al verlo tan callado, con la mirada perdida en el vacío, le pregunté sobre lo que sentía al evocar sus celebradas canciones. Entonces, me respondió contundente: “Ya no existen”.
Se refería a que las nuevas canciones que se inspiran en el Valle del Mantaro han perdido los colores de su identidad regional. La falta de compromiso también ha dominado a los cantantes, quienes en su afán de innovar desvirtuaban la esencia de lo vernáculo. “Qué se puede hacer. Ellos no cantan como debe ser, sino con cualquier otra nota. Ya nada es puro”.
Le preocupaba la actitud de los jóvenes de su tierra, quienes prefieren entregarse a géneros musicales foráneos que no retratan su realidad. Estaba convencido de que en su región pocas personas respetaban las raíces huancas. Por eso, pedía a las nuevas generaciones que reflexionaran sobre la esencia de ser huancaíno.
Sin embargo, encontraba esperanza en la tarea de los investigadores que eventualmente lo buscaban para estudiar la riqueza del folclor andino. “Ellos estiman lo original y trabajan con verdadero compromiso. Parece mentira, la música es cultura. Es lo que sentimos espiritualmente y nos hace sentir vivos”.
Ahora que ya no sentimos los latidos de sus palabras, la magia de su violín recorre la memoria de quienes sacudieron sus sentimientos junto a sus creaciones que conservan su olor a tierra fecunda.
Última presentación en público de Zenobio Dagha, en setiembre del 2008.
© Jesús Raymundo / Artífice Comunicadores