Maximiliana Palomino y Enrique Sierra: Padres de las muñecas documentadas

Maximiliana Palomino y Enrique Sierra: Padres de las muñecas documentadas

Desde hace más de medio siglo, los esposos Maximiliana Palomino y Enrique Sierra retan las amenazas de la modernidad y el tiempo. Sus muñecas documentadas, piezas únicas que reflejan la realidad, perennizan los trajes típicos de los campesinos que conocieron en sus innumerables viajes por los pueblos alejados del país.
Enrique Sierra y Maximiliana Palomino, creadores de las muñecas documentadas.
© Jesús Raymundo / Artífice Comunicadores
Escribe: Jesús Raymundo (@jesus_raymundo en Twitter) –
La nostalgia y el arte brotan en cada espacio de su sala. Además de los espejos y las pinturas con marcos singulares de pan de oro que se exhiben en la pared crema, dos estantes conservan delicadas piezas de cerámica que muestran viviendas rústicas y personajes de varios países. Muchas son obras del patriarca de la familia, don Fabián Palomino, cuyas huellas ha seguido su hija, Maximiliana, gran maestra de la artesanía peruana.
En el segundo piso de lo que antes era una sola vivienda, de aquellos que ya no se construyen en el Cusco, los esposos Maximiliana Palomino y Enrique Sierra enternecen los días al compartir su pasión por el arte con la misma ilusión de antaño. La luz del sol que se introduce vigoroso a través del techo anuncia que en este hogar el día empieza temprano y que todo lo que ilumina es sabiduría popular.
Afuera, el enorme patio donde permanece una pileta de piedra ha empezado a recibir a los primeros turistas extranjeros. En una de las habitaciones del primer piso, exactamente al pie de su sala, se ubica la galería de los padres de las llamadas muñecas documentadas, que miden  50 centímetros y visten trajes típicos. Los rostros son de campesinos cusqueños que alguna vez posaron para la cámara de los esposos artesanos.

Creación e innovación

Luego de cruzar el comedor, una puerta de madera nos conduce al corazón de la vivienda: el taller. En el ambiente iluminado por la luz natural, que es dejada pasar por una lámina transparente, todo ha sido distribuido con armonía. A la izquierda se ubica la mesa en la que se preparan los cuerpos de las muñecas, al centro se ubica la máquina con la que se diseñan los trajes típicos y a la derecha se almacenan algunos materiales.
Las paredes de la habitación han sido aprovechadas al máximo. Allí se han colocado repisas de madera sobre las que descansan piezas en proceso y tarros de pinturas. En otras, cuelgan de unos clavos bolsas de diversos tamaños que conservan los materiales, así como alambres enrollados. También hay fotografías en blanco y negro y cuadros con marcos de pan de oro. Y sobre el piso descansan cajas que guardan piezas que se utilizan en la confección.
Don Enrique, visiblemente emocionado, me cuenta que durante mucho tiempo ha guardado el secreto de cómo elabora las muñecas. “Varios amigos artesanos y personas me han preguntado sobre cómo lo hago, pero nunca les he contado la verdad”, me dice. Luego me muestra su gran invento. Sentado al frente de una máquina que se asemeja a una prensa, coloca un pedazo de cartón sobre un molde de hierro y luego de bajar una palanca, me muestra la mitad de lo que será el cuerpo de su creación.
Allí están los pinceles de diversos tamaños y los tarros de pinturas con los que culmina los rostros de sus personajes. Todos han sido retratados en los viajes que ha realizado en la década de 1970. “En nuestra camioneta nos íbamos a los pueblos del Cusco, en especial cuando habían fiestas y ferias. Al principio no querían colaborar, pero poco a poco se animaban a hacerlo. Una de las que nos acompañaba era Alfonsina Barrionuevo, cada vez que nos visitaba”, me cuenta doña Maximiliana.
Sentada frente a su antigua máquina de coser que funciona a pedal diseña el traje de una de sus muñecas. Coge un hilo amarillo y lo inserta en el aparato. Luego coloca una tela verde debajo de la aguja y empieza a bordar las flores que nacen de su imaginación. A diferencia de su mirada fija, los dedos de sus dos manos dirigen delicadamente la figura que lucirá su creación. Mientras sus cejas se elevan, arrugando su frente, su esposo la contempla en silencio.
Ella es una gran autodidacta de creatividad inagotable. No solo cose, teje, borda y diseña los vestuarios que ha observado en su largo recorrido, sino también usa los materiales que son propios de las zonas rurales. Respeta al máximo los detalles, por lo que sus acabados son similares a los originales, con la única diferencia de que lo suyo es en miniatura. Incluso ha confeccionado ternos cuya perfección y calidad han sorprendido a los fabricantes.
A pesar de la avanzada edad y la enfermedad, los esposos contínúan trabajando con la pasión de sus inicios.
© Jesús Raymundo / Artífice Comunicadores

Vida artística

El amor y el arte de los esposos Maximiliana Palomino y Enrique Sierra son como las dos mejillas de un mismo rostro. Hace más de cincuenta años, cuando su esposo sufrió un accidente de tránsito que durante un año lo dejó postrado, surgió la idea de innovar las muñecas documentadas. Ella, quien de niña las confeccionaba de trapo, ya había creado un diseño que usaba alambre entorchado con hilo y tenía el rostro de pasta.
“Un día él me dijo por qué no modificamos y hacemos una muñeca mejor acabada. Tratemos de sacar datos y de estudiar. Entonces, él ideó una prensa para hacer el cuerpo más perfecto”, me cuenta. Después empezaron a investigar a través de viajes por diversos pueblos de su tierra, especialmente en días de fiestas. Allí tomaban fotos, entrevistaban a los pobladores y recogían toda información sobre la confección de los trajes.
“Aunque ellos eran medios huraños y difíciles de conversar, siempre logramos sacar información. Primero teníamos que conquistarlos en quechua”, me comenta doña Maximiliana. Al comparar las diferencias de las épocas, concluye que antes tenían miedo a los mistis, o señores, porque hablaban en otro idioma, pero ahora han comprendido que son importantes. “Por eso los turistas van a verlos y quieren conocer más de ellos”.
Los padres de las muñecas documentadas desconocen cuántas han confeccionado en varias décadas de trabajo permanente. “Va a sonar absurdo, pero prácticamente hemos inundado el mercado con nuestras creaciones”, afirma don Enrique. En la actualidad, sus obras se exhiben en prestigiosos museos de Estados Unidos, países latinoamericanos, europeos y asiáticos. Hay colecciones completas que asombran al mundo, como el que adquirió el Museo de Osaka, en Japón.
Les apena que tendencias como la globalización se hayan convertido en amenazas de la vigencia de los trajes típicos peruanos. “Me duele mucho que se estén perdiendo porque son documentos de la historia y de nuestra identidad. Hasta en las danzas se usan los diseños estilizados”, comenta doña Maximiliana. Hoy, los campesinos prefieren usar las chompas de lana sintética y reemplazan el chullo por el sombrero y el pantalón de bayeta por el jean.
A diferencia de otras épocas, los esposos trabajan menos horas en su taller. La avanzada edad no le permite a don Enrique trabajar con la vitalidad de antes y la enfermedad que se agudizó el anterior ha obligado a descansar a doña Maximiliana. Sin embargo, el tiempo no ha marchitado su pasión por lo nuestro.
Las muñecas documentadas se inspiran en personajes de las fiestas populares de los pueblos andinos.
© Jesús Raymundo / Artífice Comunicadores