Mensajes de vida, fe y esperanza en los retablos ayacuchanos

Mensajes de vida, fe y esperanza en los retablos ayacuchanos

Aunque sus temas se han diversificado, los retablos ayacuchanos mantienen relación estrecha con los mensajes religiosos, como la Semana Santa. Desde que llegaron con los españoles, en el siglo XVI,  han experimentado cambios no solo en nombres, sino también en usos, formas, tamaños, técnicas y materiales de elaboración y su comercialización.
Obra del retablista ayacuchano Julio Urbano, inspirado en la Semana Santa de Ayacucho.
© Jesús Raymundo / Artífice Comunicadores
Escribe: Jesús Raymundo (@jesus_raymundo en Twitter) –
Por obra de los artesanos, la papa sancochada no solo es alimento del cuerpo, sino también del alma. La pasta, que es la mezcla de este tubérculo con yeso, imita las hazañas del barro divino que germinó la vida. Las manos de los nuevos creadores convierten su fe en figurillas inspiradas en los personajes bíblicos. Luego son reunidas dentro de una caja de madera cerrada por dos puertas que han sido decoradas con flores de vivos colores.
La intensidad con que se celebra la Semana Santa en Ayacucho se vive en sus retablos, que representan las andas con cenefas y ceras, acompañadas por creyentes. La pasión y muerte de Cristo se narra también en el arte popular, pero se incluyen a personajes del lugar como pastores y campesinos. El tema que más acogida tiene entre los artesanos es el nacimiento del Niño Jesús. Ellos lo trabajan, incluso, en piezas tan pequeñas que alcanzan en la palma.
Las costumbres se perennizan con gran realismo en los cajones. Además de los carnavales, las corridas de toros y las peleas de gallos, traídos por los españoles, los retablos ayacuchanos acogen actividades agrícolas, como la cosecha de maíz y tunas o la trilla, así como rituales que han sufrido cambios, como la fiesta del agua o la caza del cóndor. Además, pasajes de la vida cotidiana y los cambios sociales y políticos sufridos en los últimos años son recogidos por sus artistas.

Cajones sanmarcos

Los primeros retablos llegaron a la capital gracias a la coleccionista y artista plástica indigenista, Alicia Bustamante. En 1941 ella encargó al imaginero ayacuchano Joaquín López Antay que preparara piezas con costumbres regionales con la promesa de ser adquiridos por nuevos y desconocidos clientes. Hasta entonces, los productores y compradores indígenas los llamaban sanmarcos y solo se fabricaban con fines rituales.
Eran cajas divididas en dos niveles. El superior era habitado por santos que eran conocidos como patronos de animales (San Marcos, San Lucas, San Antonio, San Juan y Santa Inés), además de animales como el cóndor y figuras del campo. En el piso inferior se representaban “las pasiones”, es decir, escenas de hacendados y campesinos junto a principales personajes y animales de la vida rural.
En las primeras décadas del siglo pasado, los arrieros ayacuchanos eran los encargados de distribuir las obras entre pastores y campesinos de las comunidades del sur de Huamanga, e, incluso, llegaban hasta Puno. En las zonas rurales el cajón era usado en los ritos de fertilidad de la vida agrícola y ganadera, como es el caso de las ceremonias de la marcación de ganado que en Ayacucho se celebra en agosto.
Joaquín López Antay contaba que a medianoche solía velar el sanmarcos con la intención de que el wamani, dios de las montañas, evitara el abigeato. Sobre una mesa, el ganadero realizaba las ofrendas con hojas de coca, cigarrillos y frutas. Al día siguiente, los participantes le pedían licencia para marcar sus ganados, que consiste en ponerles cintas de colores en las orejas. 
“El sanmarcos también lo usan los curanderos, para curar. Lo ponen en su mesa, con mantel blanco, y le hacen ofrenda, para llamar a los yayas, al wamani de los cerros. Necesitan el sanmarcos, pues, para curar. Lo que yo hago la gente lo necesita para vivir, pues”, le comentó el artista popular al filólogo Mario Razzeto, quien recogió sus testimonios en Don Joaquín, testimonio de un artista popular
Por su uso, Francisco Stastny asegura, en Las artes populares del Perú, que el sanmarcos es la expresión más compleja y completa de la ideología sincrética del campesino. “En él se congregan los protectores de las especies autóctonas en forma del cóndor y otras aves, mensajeras del espíritu de la montaña (apu), y los protectores, o sea las huacas propias, de los animales europeos, que vienen a ser los santos citados”.

¿Medio evangelizador?

En tiempos en que el propósito era evangelizar y la Iglesia deseaba imponer las festividades religiosas, los catequizadores enfrentaron a su modo las barreras al cambio. No solo aprendieron el runa simi y elaboraron los primeros diccionarios y gramáticas quechuas, sino también tradujeron himnos y oraciones. Aceptó, además, el uso de los antiguos santuarios indígenas (huacas), en los que solo reemplazaron imágenes. 
El mayor estudioso de los sanmarcos, Emilio Mendizábal Losack, sostuvo que en la Colonia llegaron a América las capillitas de santero con imágenes de Santiago y de santos patrones de devoción individual. Planteó la hipótesis de que su producción tuvo condiciones favorables en Huamanga porque era centro de la colonización y porque vivían artistas y de materia prima, como la piedra de Huamanga.
El sabio Antonio Raimondi señaló que el número de conventos, monasterios e iglesias confirmaba que la ciudad había sido un lugar favorecido por los españoles. Para equipar las iglesias huamanguinas y amoblar las residencias de la aristocracia se requería de artistas, artesanos, pintores y ebanistas. Ante la demanda, los maestros y oficiales españoles tuvieron que ayudarse de aprendices indígenas y mestizos que le siguieron los pasos.
Debido a que la producción de capillitas de santero no era abastecida totalmente por los maestros españoles, el catequizador español fomentó la participación de los imagineros mestizos e indígenas. “Que la imagen no coincidiese exactamente con determinados patrones artísticos hispánicos no tenía mayor importancia para el catequizador, lo importante era que la imagen existiese y se le rindiese culto”, aseguró Mendizábal Losack.
En las rutas que cubrían los arrieros, sus principales difusores, las capillitas de santero recibieron las influencias de los indígenas del sur de Ayacucho, quienes la convirtieron en sanmarcos de acuerdo a las necesidades de los pastores. Fueron los arrieros quienes después se convirtieron en mensajeros de sus clientes rurales para que los artesanos adaptaran ciertos requerimientos. 
Según Pablo Macera, el sanmarcos data de fines del siglo XVII y principios del siglo XVIII. Al inicio se usó la piedra de Huamanga, pero fue reemplazado por la pasta debido al costo económico y las dificultades de su tallado. “Los artesanos huamanguinos han producido en los últimos siglos numerosos modelos de retablos, pero los tipos básicos son tres: retablos unipersonales, retablos escénicos mágico-religiosos (sanmarcos) y retablos escénicos profanos”.

Tiempos nuevos

Los indigenistas han sido criticados por bautizar al sanmarcos con el nombre de retablo y por desviar a los imagineros ayacuchanos a los nuevos temas de la vida cotidiana. Sin embargo, gracias a la revalorización se salvó de la extinción a una expresión artística compleja que hoy forma parte de exhibiciones internacionales, museos, galerías y colecciones particulares. 
“¿Cuál hubiera sido el futuro del sanmarcos sin aquella intervención?”, se pregunta Pablo Macera en Trincheras y fronteras del arte popular peruano. El historiador considera que el retablo ayacuchano experimenta un proceso donde muestra su buena salud. “Podemos estar en desacuerdo con algunas tendencias adquiridas, pero no podemos negar que esos mismos extravíos nos están demostrando el poder de un arte todavía en plena búsqueda”.
Sin embargo, aún hay preguntas que no han sido respondidas con certeza. Se desconoce, por ejemplo, cuánto se ha logrado catequizar a los pastores mediante el uso de los cajones, porque a lo mucho se les exigía el bautizo. Es probable que no se haya cumplido la disposición de que acudieran los domingos a la iglesia, para participar de las misas, porque hay carencia de pastores y los templos se ubican a varias horas de caminata.
No hay que olvidar que la participación de los campesinos ayacuchanos en Semana Santa aún es vista como el entorno que rodea a los actos centrales. Luis Millones señala, en Calendario tradicional peruano, que se carecen de estudios para analizar la percepción indígena de esta festividad. “Más allá de la propuesta que nos llega de dogma católico, la sociedad andina ha elaborado una interpretación del mundo sobrenatural en la que este y otros días festivos tienen un espacio determinado”.
A más de cinco siglos de haber llegado a América, el retablo ayacuchano se usa cada vez menos en las ceremonias de la herranza, pero sí se ha convertido en una obra que retrata con magia las costumbres, el pensamiento y la fe de los peruanos.
La intensidad de la celebración de Semana Santa en Ayacucho se refleja en sus retablos.
© Jesús Raymundo / Artífice Comunicadores