Desborde musical en Ayacucho

Desborde musical en Ayacucho

Los carnavales se han adaptado y reinventado en gran parte del país. Con el tiempo, su música ha combinado los sonidos prehispánicos de la quena y la tinya con los instrumentos de cuerda y percusión, como ocurre en Ayacucho.

 

La tinya, que es ejecutada por las mujeres, se muestra vital en los carnavales de Ayacucho. © Jesús Raymundo / Artífice Comunicadores

Escribe: Jesús Raymundo (@jesus_raymundo en Twitter) –
En tiempos de carnaval, la música de las comparsas es una voz masiva que se aleja de los patrones. Se acomoda a las necesidades de quienes gritan sin prejuicios toda su algarabía. En los campos interminables, los sonidos de los instrumentos de cuerdas, vientos y percusión simbolizan los ecos del alma que festeja. Las voces también ayudan a creer que la perfección nunca es universal.
Es que los sonidos creados por los hombres andinos recorren caminos que nunca acaban, porque sus sentimientos son también inagotables. Según sus formas y los materiales utilizados, cada instrumento coquetea con la libertad para saciar sus deseos y necesidades. A pesar de que cuentan con amplios registros, algunos solo prefieren las formas musicales agudas y otros, solo los graves.
Esta preferencia explica por qué la guitarra que el mundo andino ha acogido en sus entrañas se olvida de las pautas de la técnica clásica, donde, por ejemplo, los “efectos” no tienen espacio. Por qué la flauta cultiva los sonidos armónicos, cuando tiene la natural posibilidad de mostrar los graves. O por qué las voces femeninas se endulzan con el timbre agudo y fino.

Sonidos y estilos

Los instrumentos musicales de diversas épocas y lugares conviven con el colorido de sus sonidos e intensidades. La quena, por ejemplo, se luce sola o en conjunto. En los carnavales es considerada la melodía principal al igual que las voces femeninas. Gracias a las posiciones de los dedos al momento de tocar, logra una serie de adornos en las notas que definen los estilos de cada persona o de una localidad.
La guitarra, que en Ayacucho tiene mayor presencia entre los mestizos, acompaña mediante rasgueos y bordoneos. Por su facilidad para tocar, el primero es preferido por quienes se inician en la música. En cambio, el segundo requiere de mayor destreza. En los carnavales facilita la “llamada”, que es una especie de introducción musical a las cantantes, o acompaña el baile entre una y otra estrofa.
La mandolina apoya la melodía principal que es ejecutada por la quena y las voces femeninas. Juntos refuerzan el timbre agudo de las comparsas. El violín cumple la misma función. Además, se utiliza la esquela, campanillas de bronce que las vacas y las llamas exhiben en sus cuellos. Otro instrumento preferido es el poro, cuyas ranuras son frotadas de forma permanente hacia abajo y hacia arriba.
Un instrumento emblemático y prehispánico es la tinya, que en uno de los dos parches lleva una cuerda resonadora o “roncador”. Las mujeres son las principalmente las tocan utilizando una baqueta de palo que es manipulada por la mano derecha. En general, es colgada del dedo pulgar de la mano izquierda.
El folclorista Hugo Crespo Sánchez señala que existe una relación íntima entre las coplas y la tinya. Los versos irónicos de las cantantes refieren al perro y al gato, con cuyas pieles se elabora el instrumento artesanal para darle una peculiar sonoridad. Se suelen escuchar, por ejemplo, “alqoymi aychata munan” (mi perro quiere comer carne) y “misiymi yawarta munam” (mi gato quiere beber sangre).

De origen prehispánico, la tinya se mantiene vigente en los carnavales ayacuchanos. © Jesús Raymundo / Artífice Comunicadores